me doy cuenta,
sin embargo, que ya no quiero ser Abraham,
que ahora sólo quiero pisar uvas
mientras haya cadenas de tus pies a mis pies
y, a veces, intento correr
únicamente para que no me castres
que tu sexo cercenado
nunca más censure el mío,
mientras yo piso uvas y bebo vino,
bebo tu sangre, Jesucristo,
mientras me apuntas con tu escopeta
directamente a la cabeza
o a la boca, y yo la cubro
porque dentro de mi no eres capaz,
y lo sé, de disparar más que uno de los destilados de pureza
y lo sabes, y te rodeo:
tú, juegas a lavarme los pies,
y me pica tu cabello a cepillo
en dos planos distintos,
si yo corro, te tiro
si tú tiras, me corro,
así que, igual, prefiero no correr
y entregarme a la mutilación
pero cierra bien las ventanas,
y las puertas de madera,
que nadie entre en nuestra suciedad aséptica,
hermetismo del que no se acepta
aunque lo táctil te domine,
y necesites poner esa escopeta
que es tu censura en mi boca
y aunque se manche todo el cuarto de mi seso
yo no siento miedo
siento pena, pues sé que cada segundo,
a tu lado, me cercena,
y llevas tu cabeza encadenada a la mía,
y lo sé, pero tú no te aceptas
y sabes quién, dicen, es el peor ciego:
el que no ve sus cadenas.
M.A.L.